Colección: Punisher Strikes Back |
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Inglaterra. Londres. 2015.
¡Caramba! ¡Qué tentador! Ken Bruen.
Be a Rock’n’Rolla Guy Ritchie.
Mi nombre es Castle. Frank Castle.
Y he venido a matar.
Les llamaban la banda de los hombres mono. Y eran monos. Literalmente. O eso
decían todos aquellos testigos que milagrosamente escapaban de sus ataques
nocturnos en el barrio de Cloydon. El más al sur de Londres. El más
peligroso.
Cloydon era una zona infestada de putas, drogadictos, camellos, negratas, la
mafia rusa y todos los hijos de puta que hacen que esta vida sea una mierda.
— ¡Pequeña!
—Te he pedido un café… ¡caliente!
El grito hace que un grupo de macarras sentado al fondo del bar se fije en mí.
Justo lo que pretendo. Un par de insultos más les convencen de que soy
alguien a quien apalear en la parte trasera del bar.
No contaré detalles. Simplemente, tres minutos más tarde tengo
a un macarra con un huevo destrozado, y con la boca metida en el tubo de escape
de un coche.
De un Ford. De los que ya no hacen.
—Dime escoria. ¿Conoces a la banda de los hombres mono?.
Un sonido de negación suena del tubo de escape. Eso no me gusta.
—Dime algo— Le susurro mientras le saco la boca del tubo de escape.
—Sub…
—¿Qué?
—Suburbian Street. Irish Pub.- Lo qué me faltaba, un pub de Irlandeses
—
Me siento tentado a hacer que el tubo de escape le llegue hasta la laringe.
Pero no en un Ford.
Mientras me alejo, oculto en las sombras, revisando mentalmente donde está
cada una de mis armas, no puedo dejar de oír los gritos que hace el desgraciado.
No es para tanto. Los malos no son como antes. Le he dejado una pierna sana.
* * *
— ¡Pequeña!
—Un whisky doble— Por lubricar más que nada.
Hay veinte personas en el bar. Y todas estoy seguro que serían capaces
de seguirme cuando me vaya. Y no precisamente para acompañarme a casa.
Cuando le pregunto a la camarera si ha oído hablar de la banda de los
hombres mono veo como se remueven inquietos.
Pero sus miradas, sus gestos, excepto en aquellos demasiado borrachos para ver
nada más allá de su siguiente vómito indican muerte.
-No es seguro hablar de ellos aquí forastero- Contesta un hombre sumido
en las sombras cuatro mesas a la derecha.
—Para mí lo es
— No solo porque quiero— Me giro, saco las dos Berettas de las sobaqueras.
Sí, puedo hacer eso. Y les apunto mientras el sonido de los percutores
al ser liberados se oye por toda la sala.
—Es que quiero.
Obviamente algunos intentan desenfundar. Obviamente mueren antes de lograrlo.
Me cargo cuatro con la derecha y cinco con la izquierda. El resto se queda paralizado
mientras sonrió.
—Ahora, quien aparte de estos subnormales— Digo señalando
a los que se desangran en el suelo. — Es de la banda—.
—Yo cariño— Oigo por detrás de mí.
Me giro lo más deprisa que puedo, pero solo alcanzo a ver como el bate
que empuña la camarera se acerca a mi cabeza cada vez más rápido.
— ¡Hostia Puta!— Pienso antes de que el impacto me rompa el
pómulo y haga que me desmaye.
—Vaya zorra.
Su mujer le había convencido de que este viaje en familia era lo que
necesitaban. También le dijo que su madre se sentía sola por quedarse.
Y que lo mejor era que fuera con ellos. Además, —Tú sabes
inglés— le decía.
Recopilemos:
2 mocosos
1 mujer amargada.
1 ¡SUEGRA!
Y 7 días en Londres.
Carlos Gareta llevaba cinco de esos días en Londres. Y estaba hasta los
cojones. Desde que era pequeño había ansiado la libertad diaria.
El hecho de salir de casa al trabajo, sin suegra criticando, era lo mejor de
su vida.
La casualidad hace que cinco días atrás, cuando Gareta entra al
hotel, un borracho es llevado a rastras por dos seguratas hooligans hasta la
puerta. El tipo, que apenas puede tener los ojos abiertos no para de cantar.
Desafinado. Desafinando mucho. Cloydon it’s the land of whisky*.
Total, que ahí estaba el, en el barrio más peligroso de Londres,
recién bajado del bus rojo de mierda —No hay puerta. Casi me caigo
tres veces— Y a punto de entrar en un bar, cuando se topa de repente con
una mujer que lleva un bate y con dos maromos enormes que arrastran a un hombre
no menos grande vestido de negro
No es que Gareta sea un alma de la caridad. Pero el tipo tiene toda la cara
llena de sangre. Y la mujer le está apuntando con el bate para que se
aparte.
— ¿Yo? ¿Apartarme?
— Vas jodida.
Con un golpe seco le arrebata el bate a la mujer. A la vez le asesta un puñetazo
en la cara y se lanza contra los dos tipos, que —Afortunadamente—
están de espaldas. Cuando intentan girarse se encuentran con el bate.
Uno en la cara. El otro en pleno estomago.
— ¡TOMA BATE!— Grita mientras los dos tipos caen gimiendo
al suelo.
— A ver, tu
— Quffff— logra susurrar el hombre, apenas entreabriendo los ojos.
— ¡Qué asco de cara te han dejado estos cabrones!
Tenía toda la cara llena de sangre, es más, esta le llegaba hasta
el pecho, donde ocultaba en parte una calavera blanca bordada en el abrigo.
—A ver que te ayude— Dice mientras ayuda a incorporarse al tipo
de la calavera.
—Puedo solo
Digo apartándome del hombre y apoyándome en la pared
—Vale, vale…
El hombre se sorprendió. Pero las sirenas cada vez estaban más
cerca. No tengo tiempo que perder. Saco un pañuelo del bolsillo trasero
del pantalón y me lo sujeto firmemente contra la cara. Con la mano libre
saco la Bereta y les pego tres tiros en la cabeza. Uno a la mujer y dos a los
matones. Los tiros resuenan en la calle. Secos. Amargos. Duros.
El hombre ahora está mirándome fijamente. Recula poco a poco,
acercándose cada vez a un portal en el cual cubrirse. Es un profesional.
Pienso en silencio.
Comienzo a andar en la dirección opuesta de donde se oyen las sirenas.
No he dado ni cinco pasos cuando el hombre me pregunta a mis espaldas.
— ¡Virgen de mi vida! ¿Quién...Quién eres tú?
—Soy Frank— Le respondo sin girarme — Frank Castle.
—Y me acordaré de ti.
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*N.del A.: Cloydon es la tierra del Whisky.
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