Colección: Gata Negra
Autor: Keazem
Número: #2
Título: Infiel II
Descripción de la portada: Gata Negra, sorprendida con un foco de un helicóptero. Detrás está un muro de ladrillos y a los lados se ven siluetas de hombres armados apuntándola. Por el suelo corretean multitud de “bichos metálicos” que relucen.

Felicia deja el ejemplar del Bugle encima de la mesilla tras leerlo de nuevo. No puede evitar pensar que ella tiene relación directa con todo lo que ha pasado. Lo cierto es que no está totalmente segura de que Alexander Crowley no haya sido infiel porque, pese a que la cita en realidad era una cita de negocios, la carta podría significar que el magnate podría tener una relación íntima con la mujer pelirroja.

Demasiadas incógnitas y muy pocas respuestas.

Gata negra de cuclillas en un tejado, con el viento ondeando su pelo, mirando al horizonte. Parece concentrada, pero de repente esa concentración se rompe cuando se fija en algo que se balancea entre edificio y edificio unos metros más abajo a una velocidad endiablada.

- Peter –se dice para sí antes de saltar del tejado y comenzar a perseguirle.

Según se va acercando va viendo su ropa. No es Peter. Va vestido con unas mayas negras y lleva la cara al descubierto, tiene el pelo corto y moreno, aunque Gata no alcanza a ver su rostro. Se balancea ayudado de unas extrañas cadenas, con cuchillas en la punta. Su velocidad es parecida a la que alcanza Spiderman, aunque sus movimientos son más relajados, y menos espectaculares. Demasiado rápido para la Gata, que le termina perdiendo de vista.

Felicia aterriza a la entrada de un callejón, exhausta por la carrera. De repente el sonido de un helicóptero penetra en sus oídos y una luz la ciega desde lo alto. Se tapa los ojos como puede y salta hacia el muro, dispuesta a balancearse lejos del helicóptero.

Nota como decenas de organismos le recorren las piernas en una sangrienta carrera. Gata Negra grita de dolor mientras intenta eliminar las criaturas con sus garras.

- Alto, no se resista y no sufrirá daño alguno –dice una voz masculina desde un punto más elevado al de Felicia.

Ella termina con el resto de los minúsculos seres que la están atacando y levanta las manos.

- Me rindo, campeón –contesta ella- pero dame al menos unos segundos que pueda ver tu cara bonita...
Un golpe por la espalda que Gata no puede evitar hace que ésta caiga al suelo, inconsciente. Si tuviera sus ojos abiertos (y no hubiera estado cegada) podría fijarse en unas extrañas cadenas que se arrastran por el suelo.

Oscuridad. Una cerilla se enciende y prende un cigarro. El rostro de un hombre de más de cuarenta años, vestido elegantemente puede verse por la tenue y rojiza luz. Para la Gata sólo hay oscuridad.

- Gata Negra
- ¿Quién lo pregunta?
- ¿Puedo llamarla simplemente Felicia?

Silencio incómodo, de duda y sorpresa. Dura unos segundos.

- Ya sabes quién soy... ¿Quién eres tú?
- Eso carece de importancia, Felicia. Está metida en un lío.
- Si tienes algún problema podías haberlo dicho amablemente, en vez de traerme a este sitio asqueroso... La humedad me está matando.
- Deje de quejarse, no es digno de usted.

La desesperación de Felicia comienza a ser evidente en el punto en el que ésta no contesta. Si lo hiciera sería para gritarle a ese cabrón un par de verdades... De momento no es lo que más la conviene.

- Dígame... ¿Cómo contactó con la Señora Crowley?

Felicia se agita, pero está atada a la silla... y parece que es con algo de un material muy resistente, porque no puede con ello.

- Sólo me hizo un encargo, monada... ¿Por qué no enciendes al menos la luz?
- De acuerdo.
- ¿Y bien?
- Ya está encendida, Señorita Hardy.

Para la Gata negra sólo hay oscuridad. Es una habitación grande, totalmente higiénica, con baldosas limpias y blancas. Una mesa cuadrada dirige la habitación desde el centro. A cada lado, una silla. La de Felicia tiene una camisa de fuerza y multitud de ataduras. En la otra está sentado el hombre, fumando.

- Deja de tomarme el pelo, capullo... ¿No sabes que es de mala educación fumar delante de una dama sin pedir permiso?
- Felicia, Felicia –dice el hombre levantándose- Mírese. Una ciega e indefensa gatita luchando sin saber que ya ha perdido...

Gata ríe socarronamente.

- No se te da bien la poesía.
- Podemos tirarnos toda la noche así o puede decidir colaborar y quizás conservar la vida. Usted decide.
- Te escucho, nene –dice ella intentando disimular su rabia.
- Le repito: ¿Cómo contactó con la Señora Crowley?
- Me llamó ella. Yo no tuve nada que ver en su asesinato, sólo era una trabajadora suya.
- No se preocupe, sabemos que no tuvo nada que ver. ¿Qué le ordenó investigar?
- Asuntos personales, monada.
- Adelante, especifique.
- .... –dudó un segundo- Investigar a su marido. Martha pensaba que le era infiel.
- Entiendo. Gracias por su colaboración.

Un pinchazo en el codo, no ha podido ni sentir que se acercaba, ni oler el contenido de lo que le han inyectado. Da igual... Felicia pierde el conocimiento, de nuevo.

El sol de la mañana despunta en el cielo de Manhattan y la Gata Negra se despierta. Menudo el sueño que ha tenido que aguantar. ¿Cómo demonios ha llegado hasta una azotea del Empire State Building?

Se incorpora tranquilamente y se despereza.

Minutos más tarde, está de vuelta a su apartamento. Éste está totalmente desordenado... está claro que la han robado.

- Tendría que haber contratado la empresa de seguridad... Empiezo a hacerme vieja –se dice.

Después de revisar todo su apartamento durante horas, llega a la conclusión de que no han robado nada. Algo extraño.

Si al menos hubiera tenido alguna llamada para alguna investigación... así podría sacarse el sueldo para contratar la empresa de seguridad. Tampoco le vendría nada mal una asistenta.

Baja a la calle y mira en la guía de una de las cabinas. Va siendo hora de cambiar de trabajo. Aunque esta idea le desagrade totalmente.

Cuando va a marcar, una mano le toca el hombro. Se gira instintivamente: no va a permitir que ningún violador pervertido la toque.

- Tranquila, Felicia –dice con una sonrisa el joven.
- ¿Eh?
- No voy a hacerte nada... Sólo quería hablarte de algo muy importante. Erhm... Me llamo Ernest, pero puedes llamarme Sueño... ¿Podemos hablar en tu casa? Este sitio no es seguro.
- Ni hablar, pícaro –dice ella con una sonrisa.
- Entonces déjame que te invite a un café.
- Hecho.

Oh, Felicia –piensa la Gata- Te pierden los hombres que saben lo que quieren.

Una mesa de la cafetería Morning Star, en Tribeca (Manhattan).

- Bueno... soy un mutante... pero no quería hablar de eso, Felicia.
- Vale, te escucho.
- ¿No recuerdas nada?
- ¿Nada de qué?

Sueño saca un ejemplar del Daily Bugle y lo pone sobre la mesa.

- Martha Crowley, asesinada. ¿Recuerdas?
- No, creo que no le eché un ojo a ese periódico, pero estoy suscri...
- Te han borrado los recuerdos, Felicia.
- ¿Cómo estás tan seguro?

Sueño se levanta.

- Te paso a recoger mañana por la noche, en tu ventana. Vístete para la ocasión. Ya sabes a lo que me refiero, Gata.

Felicia se queda asombrada. Conoce su identidad... y posiblemente mucho más sobre ella de lo que ella piensa. ¿Qué quería decir con aquello de que le han borrado los recuerdos? ¿Qué recuerdos?

LA RESPUESTA A ESTAS Y OTRAS INCÓGNITAS EN EL PRÓXIMO NÚMERO