Colección: Ultimate Defensores
Autor:
Narutaki
Número:
#2
Título:
La abadía (o Traición en la casa del Señor)
Descripción de la portada:
En primer plano John Constantine en gesto activo, su gabardina se abre por todo la portada y de su interior oscuro aparecen Hulk, de piel gris, y Namor dispuestos a atacar ferozmente al lector.

Huele a hierba mojada. Namor, Bruce y John pasean bajo la zona cubierta del patio del abadía siguiendo a uno de los monjes que se expresa en flamenco.

- Es pagga nosotgos impogtante y un honog que egstganjegos visiten nuestgo hogag. De vegas.
- Sin duda esta abadía es un lugar precioso. Reina la armonía –se mostró adulador Namor.
- Hoy en día ya nadie consegva ciegtos valogues. Aquí somos muy tgadicionalistas. Madgugamos, ogamos al señog, cultivamos nuestga huerta y hacemos cegveza. ¡Augea medgiocgitas, señog!
- Debe ser reconfortante poder vivir así, sin duda.

El acompañante de los hijos de la profecía se detiene frente a una puerta de madera apolillada y oscura que abre con una vieja llave que lleva atada a su cinto.

- Aquí está la biblioteca. En seguida les tgaegué una copa de cegveza paga que la pgueben.
- Muchas gracias, hermano Celeste.

Los tres entraron en la estancia, no era tan grande como Constantine había imaginado. Apenas hacia quince metros de largo y cinco de ancho. Las estanterías y los libros polvorientos en conjunción con el día lluvioso y los cristales rotos de las ventanas hacían de aquel lugar un escenario melancólico.

- Bien. Hace algún tiempo Bruce y yo rastreamos uno a uno todos los libros y solo encontramos lo que ya sabes, John. ¿Qué es lo que esperas encontrar?
- No lo sé.

El inglés comenzaba a perder su mirada entre los estantes.

- Vamos, Bruce. Volvamos a ojear todos estos libros.

Asintió con la cabeza.

Para cuando el clérigo les trajo las tres copas de cerveza caliente y con poso, como es la buena cerveza belga, el rey, la torre y el alfil estaban ya enfrascados en su búsqueda. John acariciando con el dedo índice de su mano izquierda el lomo de algunos libros y Namor y Banner pasando páginas.

Las cervezas se enfriaron.

Poco a poco fue cayendo la noche y el ánimo que se había autoregalado el monarca. Observaba con frustración y enfado como tras haber repasado más de medio centenar de libros en las últimas horas, John no había abierto uno sólo.

Banner se había quedado dormido con el rostro sobre las páginas del dietario de un especiero que años atrás intentó hacer fortuna viajando a España.

- ¿Piensas hacer algo?

El británico se giró para mirar a su compañero.

- ¿Perdón?
- No, verás, me preguntaba si tenías intención de colaborar con esto y dejar algún día de hacer gilipolleces. Empiezo a perder la paciencia contigo, chaval. ¿Te tomas esto en serio o no?

Un relámpago iluminó el cielo y la biblioteca del monasterio. Luego el trueno los ensordeció.

La puerta bailó sutilmente, chirriando.

- Trabajo a mi manera. Fui yo el interesado en venir aquí y estoy haciendo avances –mintió-. Si estás excitado sal fuera y fabrícate una fulana con el agua que cae.

Namor se acercó aún más. Estaban casi encarados.

- No oses hablarme así, estúpido.

Restándole importancia, John sacó su cajetilla de tabaco y se llevo un cigarro a la boca. Con la punta de éste rozó la nariz de su compañero.

- Relájate. Eres demasiado quisquilloso.
- Perfeccionista y pragmático. Esa es la diferencia entre quien logra sus objetivos y quien no.
- Es posible.
- Mira, parece que no te quedó demasiado claro, pero es muy posible que alguien ande tras nosotros para matarnos. Desde antiguos hechiceros que sirvieron a Hitler hasta viejos enemigos de Strange, así que, si no piensas hacer nada al respecto, al menos no estorbes.

El cielo volvió a iluminarse y en la sala pudieron verse las formas que dibujaba el humo del cigarro del inglés.

- Estoy haciendo cosas. No me subestimes. Deberías aprender que tus ojos no te lo van a contar todo. La arrogancia y la estupidez están separadas por una línea muy delgada.

Namor contuvo una iracunda respuesta. Apretó el puño y miro al suelo tratando de no recordar.

- Además, creo que ya estoy en condiciones de demostrarte que sí he hecho algo durante toda la tarde. Sígueme.

Ambos abandonaron a su amigo durmiente en la biblioteca para echar a andar por los pasillos adoquinados de la abadía.

El cielo es oscuro, oscuras son las paredes, y solo la luz de los relámpagos delata a los traidores.

Una silueta encorvada se mueve excitada cerca de la pared.

Cuelga el teléfono y se apresura a salir al pasillo.

Reducidos a meras figuras de sombras en movimiento, el rey y el alfil caminan. Sus pasos resuenan por los corredores.

- ¿Dónde vamos exactamente?
- No lo sé.
- Entonces…
- Shhh.

Giraron por séptima vez hacia la izquierda y se encontraron en un pequeño pasillo en el cual ya sólo había una puerta.

- Es ahí.

Namor no preguntó.

Sin pensárselo dos veces o mostrar temor Constantine abrió la puerta.

Allí encontraron una sala cuadrada, acogedora. Estaba iluminada por antorchas y el suelo tapizado en moqueta granate. Tenía una chimenea incluso, y algunos cuadros en la pared.

En el centro de ella una mesa, con una silla a un lado y tres al otro.

- Buenas noches.

El atlante se puso rápidamente en guardia. John alzó la mano en señal de salud.

- Buenas noches.

Tranquilizó a su compañero con un gesto.

- No os alertéis, no voy a haceros nada… Aunque no me veas, majestad, puedes creerme.

El inglés tomó asiento frente al espectro etéreo que tenía ante él. Namor se sentó también.

- Falta uno…
- Está durmiendo en la biblioteca.
- Él es la torre. Deberíais prestar más atención a esos detalles.
- ¿Qué sucede?
- Todo a su tiempo, eso ahora puede esperar. Llevo mucho tiempo esperándoos.
- ¿Eres Strange? –preguntó Namor.
- Stefan Strange, sí, lo soy.
- Entonces… ¿Por qué no nos dijiste nada la última vez que estuvimos aquí?
- Yo no estaba aquí entonces.

John vió como sonreía.

Era un fantasma elegante, pensó. Vestía ropas estrambóticas, de hacía ya algunos siglos, y llevaba una enorme capa de alto cuello que en combinación con su fino y cuidado bigote lo convertían en el más distinguido espíritu con el que él hubiese tratado.

Guardaron silencio esperando a recibir alguna maravillosa solución al problema de ser los defensores de la Tierra.

- Enhorabuena –dijo-. Sois los elegidos por la profecía. Años después de lo que debió ser, pero las fuerzas místicas eligieron a los tres custodios de la humanidad, y aquí estáis.
- ¿Enhorabuena? Deberían pagarnos por esto… -bromeó el inglés.
- Según tengo entendido el rey, la torre y el alfil debían derrotar a los nazis cuando usted quiso materializar la profecía. Ahora carece de sentido que existamos como tal.
- Te equivocas.

Namor se vio a si mismo echando la vista atrás, aun desnudo, habiendo salido del agua y con los pies en la arena de una playa amarga.

- El nazismo era la amenaza en aquel momento y yo decidí que había que acabar con él. Pero no es la única y no era el único momento en que la Tierra se ve amenazada. Yo fui asesinado, pero gracias a los torpes enemigos que tenía, la profecía salió mal. No pudieron detenerla como creyeron, solo retrasarla, pero además no rompieron mi espíritu, no lo destruyeron, sino que su energía mística se mezcló con la de la profecía y ahora vivo en cada uno de vosotros tres. Por eso no me había presentado antes ante vosotros… Porque no estabais los tres juntos y por lo tanto, yo no estaba tampoco.
- ¿Y no hay manera de devolverte a un cuerpo, de mandarte al otro barrio o algo así, y de paso librarnos de este marrón?
- ¿De verdad es lo que quieres, alfil? Yo creo que en realidad esto ha sido una bendición para ti.

Constantine se recordó borracho durmiendo en un callejón, mojado y sucio.

- Si la profecía os ha elegido, es por algo. No hay manera de deshacerla. Sois los elegidos. Vosotros lo sabéis, yo lo sé y también lo sabe la Orden Mística. Sobre lo de mi corporeidad hablaremos otro día.
- La Orden…
- Una organización de hechiceros a la cual pertenecí. Controlábamos toda alteración del fluido místico. Digamos que es algo así como el gremio de hechiceros. Pero durante la Segunda Guerra Mundial se produjo una escisión. Los aliados ganaron la guerra pero todos los magos de su bando cayeron asesinados; yo el último. Ahora ellos siguen existiendo, sin estorbos, sin nadie que les impela a ser justos. Viven como millonarios, controlan bancos, empresas y en algunos casos, gobiernos. Recuerdan aun a Stefan Strange y su profecía, estoy seguro. Y el día en que os reunisteis los tres, igual que yo lo supe, lo supieron ellos. Saben que yo sigo existiendo y que es gracias a vuestra energía. Así que andan detrás vuestro. Si os matan, fin de la partida.

Hubo un nuevo silencio. Trataron de asumirlo todo tan aprisa como les fuese posible.

- Y ahora, deberíamos salir de aquí cuanto más deprisa mejor.
- ¿Por qué?
- El hermano Celestial es siervo de la Orden Mística. Controlan el monasterio y todos aquellos lugares que tuvieron que ver con los magos del bando aliado. Tenía órdenes de avisar siempre que llegase un grupo de tres visitantes.

Namor se levantó apresuradamente.

- Hay que avisar a Banner.

De pronto la abadía retumbó y no se había visto iluminarse el cielo. Se escuchó un grito de terror y otro que trasmitió una temible sensación de contundencia y fiereza.

- Creo que ya está avisado.

John miró a su compañero. Asintió.

- Te dije que no subestimases a nuestro amigo.

Luego se volvió hacia Strange.

- Alfil, nos vas a sacar de aquí.
- ¿Yo? –encogiéndose de hombros.
- Mi magia está encerrada en ti. Eres el recipiente de mi poder místico.
- ¿Qué es lo que tengo que hacer?
- ¡Alza las manos y desea que ardan las yemas de tus dedos! –la voz del hechicero espectral se tornó poderosa y firme-. ¡Siente como el fuego nace desde el interior de tu ser! ¡Que las yemas apunten al suelo! ¡Grita! ¡Qué Merlín, maestro eterno, me recoja en su manto y a salvo nos lleve de la amenaza que a los tres persigue!

Como poseído Constantine había ido siguiendo todos los pasos casi al instante de que Strange los indicase y tras sentirse perder el conocimiento por unos segundos, aparecieron en lo que parecía el rudimentario y tosco laboratorio de un alquimista.

Banner estaba durmiendo en el suelo con las ropas raídas.

El ruido de unos tacones al chocar contra el suelo pasea por toda la abadía. Son largos, delgados y de un rojo brillante.

Una exuberante mujer de apenas 30 años camina hasta llegar al patio central, la quietud es total, ni siquiera los pájaros cantan. Los grillos ya duermen.

Se agacha al lado del cadáver de un cuarentón de ropas estrambóticas, como las suyas, pero menos elegantes. Ella viste de granate, una pieza única ceñida y una capa más clara de amplia capucha que cubre su cabello, pelirrojo, del cual apenas se ven dos mechones.

Sin muestra alguna de sentimentalismos coge un medallón que reposa manchado de sangre sobre su pecho y lo arranca de un tirón para guardarlo en un bolsillo de la larga capa.

Temeroso, tembloroso y sin poder dar firmeza a su voz el hermano Celeste se acerca.

- Madame Grgey, ¡ha venido en pegsona! La… lamento lo sucedido. Ese hombge, Banneg, se tgansfogmó en una cgiatuga teguible y… Oh… Yo…

Jean Grey alzó la mano y los dedos quedaron suspendidos, sin moverse. De pronto una enorme llamarada los envolvió a ambos y desaparecieron.

Los ojos del difunto sirvieron de alimento a un cuervo que había esperado paciente en una rama del olivo plantado en el centro del patio.

John Constantine encendió un cigarro.

- De puta madre… ¿Y ahora, qué?

¿CÓMO SALDRÁN BANNER, NAMOR Y CONSTANTINE DE LA CRUZADA EN QUE SE HAYAN?