Colección: Ultimate Escuadron Supremo
Autor: Matanza Cósmica
Número: #1
Portada: ¿?
Título: Hiperión



En el Otro-Mundo, nuestra civilización ha vivido al borde del colapso, pero ellos emergieron y se mantuvieron unidos contra las fuerzas de las tinieblas. En el presente, su vasto poder que nos salvó a la humanidad anteriormente, puede ser nuestra condena... ¿Quién nos salvará ahora?


STAN LEE PRESENTA:
.
Psiquiátrico de Cosmópolis.
Negrura.


Ese cuarto era completamente negro. No había luz. Dentro, un paciente.
—El paciente de esta habitación sufre un trastorno de personalidad– dijo el psiquiatra Henry Long a sus estudiantes delante de un cristal ahumado. Cerca, varias cámaras nocturnas–. Se llama Mark Milton, nacido en Bigville, treinta y cinco años, sin familia: su padre murió cuando el señor Milton un adolescente y su madre… No quiere saber nada de él.
>>Milton trabajaba como dibujante para un importante periódico cuando tuvo un brote psicótico. Fue poco después de la Caída de Hiperión, cuando el gran superhéroe murió venciendo a la criatura mutante: Titán Apocalíptico.
>>El señor Milton dijo perder sus “poderes” y se arrojó por una ventana diciendo que volaría. Su novia de aquel entonces, otra dibujante, lo halló moribundo. Sobrevivió, fue un milagro. Le enviaron un año después, cuando le dieron el alta en el hospital tras curar sus múltiples fracturas.
>>Sufre desde su internamiento miedo a la luz, cree que le ha quitado los poderes. Eso es lo que me ha relatado su primer médico, el actual jefe de este centro (como sabréis). Si os cae mal, al paciente peor: dice que es su archienemigo: Amenaza Suprema (vaya nombrecito), que se hace pasar por un mortal que lo tiene encerrado diciendo que sufre este problema mental. Vaya imaginación, ¿eh?
>> ¿No os creéis que pueda estar tan… enfermo? Escuchemos lo que nos dice nuestro paciente. Puede serviros para captar su grado en su… enfermedad.
Abrió los micrófonos del interior de la habitación tecleando en la mesa cercana a las cámaras de la habitación, después de introducir rápidamente la contraseña. Así, todos los estudiantes fijaron sus miradas en una mancha de calor verdosa y azulada situada en una esquina, temblorosa. Lentamente, escucharon una voz…
—Es…tre…llas, escu…chad…me...¿Recordáis… mi mun…do? No… Es… éste… Antes… eráis mis… cama…ra…das– repetía el inquilino de las sombras con una voz escalofríante–. Un mundo… que fue… destrui…do. Yo… soy su… últi…mo hi…jo. Lle…gué a este… plane…ta para… iluminar…lo. Vi…ne a este… mundo… para comenzar una Edad… de Oro, salvar el… mundo. He sido humano… superhéroe… dios...– y, de pronto, el rostro de la mancha de las cámaras clavó sus ojos en los espectadores y les dijo–: Se equivocan… pensando que no… lo soy, doctor… son los… lo…cos….
Henry Long retrocedió inquieto. Sus estudiantes le miraron: un hombre débil, asustado, viejo, calvo y con sobrepeso, embutido en un traje gris y viejo. La mancha verdosa encerrada en el eterno anochecer, famélica, con su rostro oculto tras una espesa barba y melena seguía mirándolos.
—Buenos días, señor Milton. Siempre… tan… sorprendente— dijo Long cogiendo el micrófono conectado a docenas de cámaras. No iba a quedar como un payaso delante de aquellos críos–. ¿Quiere contarme algo hoy?... —¿Me escucha?– preguntó y miró sonriente a sus alumnos–. ¿Me oye? No parece muy hablador.


Las cámaras vislumbraron la macha, un enfermo situado en una esquina, sentado en posición fetal que se movía lentamente, hacia delante y hacia detrás, sin parecer haber escuchado al doctor Long.
Pero, de pronto, inesperadamente, hubo respuesta. La voz frágil se tiñó de un tono grave y severo que paralizó la sangre del doctor y de los estudiantes:
—Le ignoraba, porque prefiero el silencio de las estrellas. Algún día me responderán. Sí, dudo de que sea bueno y de que sea día, en la oscuridad nunca sé nada. ¿Quiero contarle algo? Sí, doctor. Voy a contarle algo sobre Hiperión. Yo soy Hiperión. Vengo de otro mundo. Un mundo desaparecido. Yo soy su último hijo. Llegué a este planeta para iluminarlo. Vine a este mundo para comenzar una Edad de Oro, vine para salvar el mundo. He sido humano, he sido un héroe, he sido un dios... Y lo sigo siendo. Se equivocan pensando que no lo soy. Ustedes son los locos.
El doctor Long tragó saliva. Una parte de su interior que le horrorizaba, que siempre le decía, dudando de todo: “¿y si lo que dicen los locos es cierto?”.
—Bien, ejem– farfulló el doctor Long cerrando el micrófono y yéndose de aquel lugar, seguido de sus discípulos–. En fin, continuemos. Si el señor Milton es un enfermo con tendencias hacia la bondad, el próximo lo es hacia la maldad.
>>Este sujeto hacia el que nos dirigimos es bastante interesante. Habréis oído hablar en diversas ocasiones. Se le ha tachado de ser uno de los mayores psicópatas de la historia. Ha matado, violado, torturado… Ha hecho miles de cosas terribles. Cuando se creó la palabra: “monstruo” fue porque él la inspiró… Y docenas de cosas que todos nosotros hemos tenido tiempo de decir sobre él para intentar describirlo. Sin embargo, ninguna definición consigue describirle.
>>Le atrapó la policía recientemente. Entró junto a una banda de delincuentes con problemas psicológicos, drogados hasta la ceja, en una de las casas de lujo. En ella cometió su último crimen. Un chaval de quince años fue lanzado desde el segundo piso de su hogar, a su padre le cortaron en pedazos… con vida. La última fue… la madre, mientras la mataban la violaron en repetidas ocasiones. El hallazgo del crimen fue terrible. Le acompañó su grupo de jóvenes psicópatas. Les envenenó las copas que tomaron para celebrar su crimen. Le encontró la policía esa misma noche, bebiendo tranquilamente un vaso de leche. No se resistió. Tal vez quería venir aquí. Quizás quería disfrutar de este lugar, lo ve como una nueva aventura.
>>Nuestro paciente se suele cansar de todo, incluso de sus acompañantes, pero le encanta seguir algo y es una regla: toda moral es falsa, envenena y rompe la libertad. Él demuestra lo frágil de la moral y libera a los que han caído en ella… demostrándoselo y matándolos. Un pensamiento cuanto menos curioso.
>>Es un sujeto interesante. Cruel, pero interesante. No sabemos nada de él: ni su nombre ni su edad ni su historia. Nadie le ha reconocido nunca, no tiene huellas dactilares (se cortó la yema de los dedos) y su ADN no coincide con nadie. Es como si no existiera. De él sólo sabemos que le llaman… Remanente, porque dice ser todo lo sobrante de este mundo y todo es malo.
>>Si no ha sido mandado a la silla eléctrica es porque esa ley se abolió hace tiempo gracias a los planes utópicos de Hiperión. Muchos rumorean de Remanente que es tan hábil y escurridizo que hubiera escapado de la propia muerte, como ha escapado en diversas ocasiones de cárceles y psiquiátricos, pero, estad tranquilos. Nunca ha escapado nadie de estas paredes y él no va a ser el pionero.
Una de las estudiantes sonrió al doctor Long. Era una mujer negra, de unos veintitantos, con una sonrisa perfecta. Su pelo le caía en ondas por su cabeza. Metió su mano en su bata. El doctor supuso que iba a sacar un bolígrafo. Erró.
Fue una pistola.
Antes de poder sorprenderse, un disparo le atravesó el cráneo y cayó al suelo. La mujer se quitó su peluca y mostró su pelo corto, teñido de un rubio platino. A su alrededor, los estudiantes se transformaron en seres de barro que adquirieron la forma de su creador, Cenagal. Todos rieron mientras la mujer soplaba su pistola recordando cómo esa mañana mataron a los verdaderos estudiantes que empezaban aquel día las prácticas con Long.
—Amigo, te equivocas: Remanente se cansa de sus lacayos más estúpidos, pero no de su querida Llama Astuta y… le encanta ser el pionero.
En el interior, sumido en la luz blanquecina, una boca se abre lentamente mostrando unos dientes amarillentos y putrefactos. Sonríe diabólicamente, escupiendo espumarajos de las drogas que han usado para sedarlo.
Ha llegado el momento.
Ese día… habrá caos.
Es feliz.