Tras la etapa guionizada por Steve Englehart, que cubría gran parte del primero de estos volúmenes que recopilan la serie original de Luke Cage, y el breve paso de Tony Isabella, la colección entra en una nueva etapa coincidiendo con el primer número incluido en esta segunda entrega.
Len Wein es el hombre encargado de dirigir la colección. Sin embargo, el nuevo guionista sufre del mismo mal que afecta al tomo por entero: la falta de continuidad. Efectivamente, tras unos pocos números, Wein deja su puesto para que lo ocupe el propio Tony Isabella. Un Isabella que, fiel a su tradición, no pasa de otro puñado de episodios.
En el apartado gráfico estamos en las mismas. George Tuska recupera su puesto como dibujante a lápiz para pronto cederlo a Ron Wilson, que también se queda muy poco tiempo. Y todo esto en poco más de la primera mitad del tomo, porque para la segunda, la alternancia de autores es incluso mayor, como veremos.
En cualquier caso, el inicio de este segundo volumen coincide también con un cambio en la cabecera de portada. Lo de «Héroe de Alquiler» no acababa de generar el tirón necesario hacia los lectores, así que en la editorial pensaron que lo más adecuado era proporcionar a Luke un apelativo de carácter más superheroico. De este modo, el título «Luke Cage, Hero for Hire» se transforma en «Luke Cage, Power Man«, de manera que Cage adopta el alias con el que haría más fortuna. Y lo hace en un episodio cuyo argumento está consagrado precisamente a ese cambio de nombre.
Nuestro hombre se lamenta de su poca notoriedad al lado del resto de superhéroes, y decide achacarlo a la etiqueta «héroe de alquiler». El nombre de Power Man se le ocurre durante una pelea con el villano de turno, en un pasable episodio que también cuenta con la figura de Iron Man como estrella invitada.
Es evidente que el nuevo nombre tiene como único objetivo provocar un mayor llamamiento a los lectores porque, una vez dejamos atrás la portada, todo sigue exactamente igual. Luke continúa siendo un héroe de alquiler, por mucho que ahora no quede reflejado en la portada, y su despacho sigue emplazado en los interiores del viejo cine de su amigo D.W. Griffith. Lo mismo ocurre con la nómina de personajes secundarios, que sigue encabezada por los mismos nombres, el doctor Noah Burstein, la enfermera Claire Temple y el propio Griffith.
Tras un discreto episodio en el que Cage se enfrenta al Remachador, un villano difícilmente más cutre, que va armado con una pistola de remaches, Len Wein se embarca en una pequeña saga en la que nuestro héroe se mueve como pez en el agua. Cage se insta a dar solución de una vez por todas a su pasado como injusto convicto, de modo que empieza a hurgar en el crimen de la droga de la ciudad hasta dar con la organización responsable de su encarcelamiento.
Cottonmouth es el nombre, el capo mafioso tras el que andaba Luke, también poseedor de superfuerza (aunque no se nos cuenta por qué). Un tipo que, para sorpresa de propios y extraños, no se lo piensa dos veces en contratar a Luke para que le haga un trabajito. La cuestión es que nuestro héroe acaba metido en una guerra de bandas entre la de Cottonmouth y la de otro conocido mafioso del Universo Marvel, Morgan.
Digamos que la trama iba razonablemente bien hasta que hace su entrada Tony Isabella en sustitución de Len Wein, que ni siquiera tiene tiempo de completar la saga. Porque lo de Isabella aquí es para dar de comer aparte, entre el poco sentido del ritmo narrativo y las ideas increíblemente chapuceras que se saca de la manga. A destacar la escena de Morgan encañonado por la pistola atada a una farola, que parece más propia de la mente de un crío.
Para acabarlo de rematar, entra Ron Wilson en sustitución de George Tuska, y no precisamente para mejorar el apartado gráfico. Aunque aquí también tienen mucha responsabilidad entintadores de la «talla» de Vince Colletta o Dave Hunt, y sus acabados particularmente horrendos.
Es especialmente desagradable ese gusto por las splash page, sobre todo cuando no son otra cosa que viñetas agrandadas a tamaño página o doble página, de manera que todos los defectos de los acabados quedan expuestos en primer plano.
Siguiendo con el contenido, no podía faltar el choque entre los dos Power Man existentes en ese momento en el Universo Marvel. Porque recordemos que el nombre «Power Man» ya estaba pillado por el villano Erik Josten, que para la ocasión viene a reclamar su derecho a quedarse con el nombre en exclusiva. El resultado no pasa de la clásica pelea de patio de colegio con la excusa del apelativo como único y pobre pretexto.
Tampoco tiene más interés que el de otra sarta de sopapos el nuevo encuentro con Estilete. Aunque, para la ocasión, el villano viene acompañado de un socio, Disco.
Luke decide entonces desplazarse a California, junto a D.W. Griffith, en persecución de Claire Temple, que parece esconder algún secreto.
De camino, nuestro hombre tiene un nuevo encuentro con otro viejo conocido, Gideon Mace, que se ha apoderado de todo un pueblecito, por vía de lavado de cerebro a sus pobres habitantes. Otro mal episodio que no mejora la situación.
Isabella finaliza su «glorioso» paso por la colección echando mano del Circo del Crimen. Power Man y Griffith recalan en los dominios del famoso circo dónde, casualmente, está instalada Claire. Una Claire que resulta estar casada y cuyo marido secreto no es otro que Bill Foster, el actual Hombre Gigante. La cosa da para otra pelea absurda entre los dos héroes y luego el inevitable enfrentamiento al Jefe de Pista y los integrantes del circo. Total, para que Claire se decida finalmente por Luke, todo ello contado por los autores de la forma más vacua posible.
Empieza la etapa McGregor.
La segunda mitad del volumen multiplica todavía más la inestabilidad en la parte creativa. En el apartado escrito se alternan Bill Mantlo y Steve Englehart, hasta que Don McGregor parece hacerse con el puesto de guionista, mientras que en la parte gráfica se pasean por la colección George Tuska, George Pérez, Rich Buckler y Sal Buscema. Buenos nombres que, sin embargo, en muchos casos quedan desdibujados por el mal hacer de los entintadores de turno.
En los primeros números no apreciamos ninguna mejora respecto a las etapas precedentes. Ya con Luke y sus amigos de regreso a Nueva York, éste se enfrenta primero a un supuesto vampiro, en un número con cierta intriga. Y, a continuación, un nuevo reparto de mamporros, esta vez con un aspirante a boxeador sin cerebro que accidentalmente adquiere super fuerza, dentro de una historia supuestamente tierna. Francamente muy flojos.
Mejor está el número de Míster Pez, un líder de la Maggia que sufrió una extraña mutación en su cuerpo que lo asemeja a un pescado. Más que nada por el buen hacer de Mantlo escribiendo.
Lo de McGregor ya es otra cosa bien distinta. Se nota a la legua la diferencia de calidad en su prosa respecto a la de, por ejemplo, Tony Isabella. Cierto que es un poco ampulosa, como es costumbre en el guionista, pero su clase como escritor es para tomarse la colección definitivamente en serio.
No es que McGregor cambie el rumbo de las aventuras de Luke Cage, puesto que sigue siendo un héroe que se gana el sueldo haciendo trabajos remunerados por terceros, habitualmente con la Nueva York más sucia y corrupta como escenario. La diferencia está en que el nuevo guionista sabe sacarle partido a todo eso, al menos en esta primera línea argumental de tres números que cierra el tomo. Un thriller de crimen y policías francamente bueno en base a los clásicos ingredientes: negocios sucios, mafias, líos judiciales, denuncia social… Incluso los villanos son interesantes, caso del capo del crimen llamado Piraña Jones y su asesino a sueldo Cucaracha Hamilton, un lunático que dedica un trato de amigo a su super escopeta. Finalmente, también tenemos aquí una nueva incorporación a la nómina de secundarios en el inspector de policía Quentin Chase.
En el siguiente tomo seguirá la etapa McGregor, aunque no mucho más.
Conclusión.
Ciertamente, el tramo final guionizado por Don McGregor es prácticamente lo único que merece realmente la pena del tomo. Incluso por encima de todo lo leído en el primer volumen.
El resto está por debajo. Si bien lo de Englehart era un enorme despropósito, al menos te reías de lo chapucero que era. Aquí ni eso.
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