Cineclub Marvel: Spider-Man 2 (2004)

spiderman2posterAunque a nuestro amistoso vecino Spiderman le costara 20 tortuosos años debutar en la gran pantalla en 2002 , sólo tuvimos que esperar hasta 2004 para volverle a ver balancearse por los tejados de Nueva York. Las prisas eran comprensibles: su adaptación registró una caja mundial de 820 millones de dólares, que la situaban en el quinto puesto de las películas más taquilleras de la historia del cine, ni que decir tiene que la primera del género superheroico, y multiplicaban más de seis veces su presupuesto. Y lo consiguió plantándole cara en la cartelera nada menos que al Episodio II de “Star Wars”, y batiéndolo, lo que da una idea de su alcance. Marvel tenía literalmente Hollywood a sus pies.

Continuar la saga estaba fuera de toda duda. La gran pregunta era: ¿cómo repetir semejante éxito?

Y la respuesta era igualmente obvia: no arregles lo que no está roto. Los productores Avi Arad y Laura Ziskin evitaron alterar lo más mínimo tan exitosa receta, repitiendo la práctica totalidad del equipo de la primera película tanto delante como detrás de las cámaras, aunque Tobey Maguire estuvo a punto de ser sustituido por Jake Gyllenhaal debido a una lesión de espalda (que coincidió con una dura negociación salarial). A falta de nuevos ingredientes en el cocktail, aumentaron su cantidad para saciar las siempre crecientes expectativas del público, poniendo en las manos del director Sam Raimi hasta 200 millones de dólares, el mayor presupuesto nunca antes empleado en una película, que dejaba pequeños los 110 que un año antes había costado “X-Men 2”. No obstante, este récord sólo tardaría un año en ser batido por el “King Kong” de Peter Jackson, y hoy en día ni siquiera impresiona como entonces, habiéndolo superado incluso otras tres cintas de la Casa de las Ideas (“X -Men 3”, “Spider-man 3”, y “Iron Man 2”), probablemente la mejor prueba de que el trepamuros ha marcado un cambio de época.

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La continuidad respecto a la primera “Spider-man” es tal, que en la ficha técnica de “Spider-man 2” se echa en falta un solo nombre, el de su guionista David Koepp. Un único cambio pero sustancial, pues Koepp había sido capaz de sintetizar toda una década de historias del trepamuros, sus rasgos icónicos y todo su entorno, y condensarlo todo orgánicamente, sin sacrificar agilidad ni equilibrio, dos elementos de los que adolece en parte su secuela. Pero ahora ya no hacía falta presentar a los personajes ni definir al héroe, sino simplemente explotar una franquicia, presentar un nuevo episodio de las aventuras arácnidas, y sólo en segundo término tender un puente de su evolución hacia la siguiente entrega, muy lejos por ejemplo de la perspectiva más unitaria de la saga mutante. En otras palabras, se trataba de dar inicio a una serie, y es en este contexto que debe entenderse la sustitución de Koepp por la pareja de guionistas Alfred Gough y Miles Millar, los creadores de la televisiva “Smallville”.

Este borrador fue revisado por el escritor Michael Chabon (premio Pulitzer en 2001), quien además de ser un experto en cómics, ya había tratado en su novela “Jóvenes prodigiosos” el que sería el punto central de la película, los problemas de adaptación de un adolescente con talento, que curiosamente encarnaría en el cine el propio Maguire. Chabon limpió la abultada nómina de superseres del guión de Gough y Millar, que incluía, además de al Doctor Octopus también a la Gata Negra, un Harry ya convertido en el nuevo Duende Verde, y al Lagarto. Por su parte, el Otto Octavius de Chabon hubiera sido el creador de la araña genéticamente modificada que convirtió a Peter Parker en Spiderman, un elemento heredado del proyecto de Cannon Films en los 80, que también había empleado Brian Michael Bendis para su Duende Verde en Ultimate Spiderman. Asimismo, este Octavius también hubiera estado enamorado de Mary Jane, acaso un eco de la Saga del Clon original, pero Avi Arad se oponía a añadir otro triángulo amoroso, por lo que ambos textos fueron finalmente refundidos por el veterano guionista Alvin Sargent, colaborador habitual de Laura Ziskin, quien también firmaría el libreto de la tercera parte con nada menos que 77 años. Pero la fórmula Spiderman + Smallville – Jóvenes prodigiosos = Spider-man 2 quizá resultara demasiado heterogénea, y se acaban notando demasiadas visiones que atropellan entre sí las distintas tramas sin dar con un tono uniforme ni definir el retrato de sus personajes.

as125Dicho desequilibrio afecta especialmente al capítulo romántico, pese a ser el principal punto de enganche con la película anterior. Dos años después de su frustrado beso, cansada de esperar a Peter, Mary Jane se compromete con el astronauta John Jameson, el heróico hijo de John Jonah Jameson. Sorprende que Harry se caiga del triángulo original, lo que habría alimentado su drama interior, la principal línea secundaria de la película y el puente a la tercera parte. Tal vez temieran sobrecargarlo, pero no hubiera estado demasiado fuera de lugar al haber asumido ella muchos de los rasgos de la Liz Allan original. De hecho, ni MJ ni Peter han tenido nunca en los cómics ninguna relación con el hijo o la nuera de J.J. Jameson, aunque curiosamente el segundo acabe de emparentarse a la inversa con aquel por vía de Tía May. La elección de su hijo como rival de Peter parecía apuntar más bien a que Veneno pudiera llegar a la tierra como polizón de una misión espacial, tal y como ya ocurriera en la serie animada de 1994 o en la más reciente “El espectacular Spiderman”, o quizá hacia sus apariciones clásicas como Capitán Júpiter o Lobo-Hombre, pero el cine se olvidaría de él al ser plantado en el altar, con lo que su identidad se antoja poco más que un guiño aleatorio, que acaso sirva para ampliar la cuota de pantalla del hilarante J.K. Simmons como el despótico editor de Bugle, del que también se nos presenta a su mujer. Para colmo, la relación de Mary Jane y Jameson transcurre prácticamente fuera de plano, como ya les pasó a Flash y a Harry en la primera película, y es imposible empatizar con el soso Daniel Gillies que lo interpreta, tal vez para obviar cualquier doblez moral en la previsible resolución de la trama. Pero con ello también se acaba desdibujando a la propia Mary Jane; incluso sus escenas con Peter parecen rodadas de forma rutinaria y mecánica en comparación con las vibrantes escenas de acción, a excepción de su emotivo desenmascaramiento en la telaraña gigante.

sp2_3También se puede calificar de errática la carga humorística, claramente potenciada para aligerar la trama, pero de un trazo excesivamente grueso para el personaje. Raimi, aunque más comedido en la primera parte, siempre ha sido un cineasta muy dado a un humor surrealista, y de hecho se desataría aún más en la tercera parte hasta el punto de que algunos lectores llegaron a sentirse ofendidos. Aquí nos encontramos ante un término medio, pero el problema es que la mayoría de los gags se basan en la inexplicable torpeza de un Peter Parker, anclado en su tímida etapa del instituto que ya debería haber superado hace años. En cambio, se muestra mucho más hábil y decidido al ponerse la máscara, momento en el que por el contrario se echa de menos la socarrona locuacidad del lanzarredes.

Casi se diría que cuanto más cómodo se le nota a Tobey Maguire en el papel, más se aleja del Parker de los cómics. Esta exagerada dualidad parece influenciada por la adorable candidez del Clark Kent de Christopher Reeve, y no es la única reminiscencia del Superman cinematográfico: la más expresa sería el plano de Peter corriendo y desabrochándose la camisa para convertirse en Spiderman, pero más sutilmente es posible reconocer el ambiente del Daily Planet en la redacción del Daily Bugle, y del mismo modo que la división temporal en bloques temáticos de la primera película recordaba a la estructura del primer “Superman”, cuando Peter deja de lado sus poderes en la segunda viene a repetir también la trama de “Superman II”, siendo muy sintomático que en este tramo vuelva a necesitar gafas. Por cierto, los títulos de crédito de aquella película también resumían la entrega anterior, como aquí hacen las brillantes ilustraciones de Alex Ross (quien ya colaboró en el diseño del traje de la primera película, desechado entonces aunque reciclado por el artista para el nuevo uniforme del Capitán América); todo un homenaje al medio que se adapta, pero que particularmente hubiéramos preferido en los lápices de un dibujante más estrechamente vinculado con Spiderman.

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El ritmo de la película se resiente a causa de su inconsistente andamiaje argumental, avanzando irregularmente hasta decaer en su tramo central, especialmente durante los reiterativos sermones de tía May. Y sin embargo, los restantes apartados son tan positivos, y es tanta la sinergia de la primera cinta, que aún en los baches siempre se mantiene la magia, y logra remontar su pulso de cara al desenlace. El punto de inflexión es la escena de la cafetería. Además de ser técnicamente complejísima (se construyó como un plató completo de 360º, incluyendo el exterior, para poder catapultar realmente el coche a través de la ventana), funciona como un vórtice sobre el que se apoyan todas las tramas de la película, en el que el mundo de Spiderman invade definitivamente al de Peter Parker.

sp2_27“Spider-man 2” supera con creces la espectacularidad de la primera entrega, que a John Dykstra ya le había valido una nominación al Óscar a los mejores efectos especiales, que esta vez sí serían merecidamente premiados por la Academia. Pese a ello, se les suele tachar de excesivamente infográficos, y es cierto que prima el dinamismo y la espectacularidad sobre el realismo, en sintonía con una estética de cómic llevado a la pantalla realzada por la rabiosa paleta del director de fotografía Bill Pope, que no rehúsa exponer su pirotecnia a la plena luz del día porque no se pretende camuflar los efectos informáticos; en el fondo, un cómic no deja de ser un dibujo. Dykstra no quiere tanto convencer al espectador como asombrarlo, y dispone de los medios para conseguirlo: considérese que los 54 millones de dólares dedicados sólo a los efectos digitales de “Spider-man 2” equivalen por ejemplo a la práctica totalidad del presupuesto de “Daredevil”.

Por el contrario, desde esta perspectiva sutilmente fantástica, se apuesta porque sean los efectos físicos los que pasan inadvertidos, pero pese a las apariencias, hay mucho más que gráficos por ordenador. Por ejemplo, aunque la obvia animación del personaje durante sus paseos en red pueda hacer creer que también los edificios entre los que la cámara se balancea vertiginosamente sean digitales, en realidad se montaron grandes cables sobre las avenidas de Nueva York por los que descolgar cámaras giroscópicas por control remoto, las mismas “spider-cam” de las retransmisiones deportivas, con las que se realizaron las mayores tomas nunca rodadas con este tipo de instalaciones. Aunque sin duda, quien más disfrutó de la ejecución práctica de los efectos especiales fue Rosemary Harrys (tía May), que celosa de su doble al rodar la escena de su secuestro pidió colgarse ella misma de los arneses. Su carrera nunca se había caracterizado por las escenas de acción, y la veterana actriz recordó encantada que no había vuelto a “volar” desde que interpretó a Peter Pan ¡en 1957! Por cierto, quienes consideren su presencia en medio del épico combate como un exotismo, deberían recordar que la venerable anciana estuvo a punto de casarse en los cómics con Doc Ock.

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sp2_32Lo mismo ocurre con los espectaculares brazos del Dr. Octopus: básicamente, cuando los tentáculos cargan con él están animados digitalmente, mientras que en la mayoría de las escenas en las que es el doctor quien soporta su peso, son realmente brazos articulados manipulados por Eric Hayden y su equipo de titiriteros de Edge FX, que consiguieron dotarles de auténtica personalidad. La misma empresa se encargó también de su construcción, como si se tratara de una gigantesca marioneta: extendido, cada tentáculo medía 4 metros y consistía de 76 piezas articuladas, y todos juntos representaban para su portador una carga de 45 kilos. Que los brazos fueran creíbles requirió del esfuerzo combinado de todos los departamentos de producción desde su mismo diseño: afectarían a la textura y peso del traje del doctor, diseñado nuevamente por el director de vestuario Jim Acheson, y haría falta recrear un mundo en el que dichos ingenios fueran verosímiles, lo que era responsabilidad del diseñador de producción Neil Spisak. El responsable de los efectos especiales John Dykstra debía cohesionar el aspecto, movimientos y capacidades de los tentáculos reales y los digitales, además de planificar las secuencias en que intervinieran los segundos con el actor colgando de un aparejo. Mucho más que un dibujo, para que parezca un dibujo.

Paralelamente, Paul Jenkins y Humberto Ramos venían revisando a un villano clásico distinto en cada arco argumental de su “Spectacular Spiderman”, y evidentemente a Octopus le correspondió servir de aperitivo a “Spiderman 2”. Al coincidir en el tiempo, es posible que el rediseño del dibujante mexicano y el de Acheson se retroalimentaran, pues si bien el primero apuntó más a la estética “Matrix”, ambos comparten un mismo y renovado dinamismo. Así, el personaje se acercaba en el propio Universo Marvel a su versión fílmica sin pisarla antes del estreno, para poder asumir después la relectura de Acheson con mayor naturalidad. Recientemente ha vuelto a sufrir una dramática actualización en la que ha doblando su número de tentáculos, aunque siguen manteniendo un diseño próximo al de los de la película.

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La dicotomía entre el tono cotidiano de las escenas de Peter Parker y el estilo más épico de las de Spiderman se extiende también a los decorados, con exteriores rodados a nivel de calle en Nueva York para el primero, y recreaciones mucho más grandilocuentes para el segundo. Como en la primera película, el diseñador de producción de Neil Spisak idealiza para el lanzarredes una Nueva York recargada y monumental, reconocible pero sutilmente exagerada: siguen existiendo trenes elevados cuando hace décadas que los de la verdadera Manhattan fueron desmantelados (la escena se rodó en el suburbano de Chicago), porque sí que siguen circulando en la memoria cinéfila del espectador; o también es curioso que en su búsqueda de grandes escenarios clásicos localice al Daily Bugle en el famoso Edificio Flattiron, que en el Universo Marvel es la sede social de “Reparación de Daños”. Qué pena que el mítico rótulo de la corneta atraviese su fachada y no su azotea.

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Pero todo este gran aparato técnico no valdría para nada sin un gran narrador y Sam Raimi demuestra que lo es en las escenas de acción, vertiginosas pero siempre fluidas y comprensibles. Los enfrentamientos entre Spiderman y Doc Ock quitan literalmente el aliento, pero además el director se atreve a introducir, dentro de la convencionalidad del filme, perspectivas ocasionalmente más arriesgadas como los planos subjetivos de la muerte de Rosalie Octavius o la visión de los propios tentáculos de la expresionista masacre del hospital, auténticas firmas de autor que buscan sumergir literalmente al público en la secuencia.

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Más importante, nunca se pierde de vista que la acción debe servir a la historia y no al revés. Mantenerse fiel al espíritu de un cómic como Spiderman significa dosificar aventura, romance y humor, porque lo importante debe ser siempre la evolución de los personajes y el conflicto existencial de Peter Parker, la perspectiva emocional. Por eso Raimi y Koepp eligieron para la primera parte al Duende Verde, un villano menos espectacular que los que se habían barajado en anteriores proyectos de adaptación, pero con una estrecha vinculación personal con Peter Parker. Sin embargo, aunque Octopus sea uno de sus primeros y mayores enemigos clásicos desde su aparición en 1963, carece en cambio de este tipo de relación… en los cómics; porque en la película pasa, antes del accidente, a trabajar para Harry en Industrias Osborn y acoger como mentor a Parker. No son añadidos gratuitos, sino que con ellos se nos muestra por un lado cómo el hijo de Norman Osborn no sólo pretende vengar a su padre muerto sino también superarlo, y por el otro le da a Peter la visión de lo que querría llegar a ser de no haberse convertido en Spiderman: un brillante científico capaz de conciliar su talento con su vida personal. Porque en el fondo, éste es el verdadero corazón de la película, y no cómo logrará derrotar al villano.

spdmn2_046Pero el Octavius original nunca fue esa figura paternal. Sí un prestigioso físico nuclear, al que el propio Reed Richards llegó a pedir consejo, pero también una mente enferma e iracunda ya antes del accidente, que por supuesto nunca llegó a alcanzar la estabilidad sentimental que se muestra en la película. Curiosamente, este retrato se acerca más bien a la figura del Profesor Connors, el futuro Lagarto, presente en el primer guión de Gough y Millar y reducido finalmente a un mero cameo. Quede claro que es su arrogancia científica la que desencadena el fatal accidente en el que se fusiona con sus tentáculos, pero esto no bastaba para que el buen doctor Octavius se transforme en el sociópata doctor Octopus, así que debe crearse también una nueva motivación, a decir verdad mejor planteada que explotada: en el mismo accidente fallece dramáticamente su mujer, y además se estropea el chip inhibidor de los tentáculos que impedía que la inteligencia artificial de estos pudiera dominarle. También esta idea proviene de Gough y Millar, siendo posible rastrearla más allá de su borrador, hasta otra propuesta de guión que prepararon anteriormente junto a David Hayter (“X Men” y “X2”, “Watchmen”) para el frustrado “Iron Man” de New Line Cinema, en el que era la armadura de Tony Stark la que tomaba conciencia propia. En el Universo Marvel tradicional ya existía un enlace telepático entre Otto y sus tentáculos, pero el que éstos posean voluntad había sido más expresamente formulada en Ultimate Spiderman.

spdmn2_043Octopus pudo haber sido interpretado en los 80 por Bob Hoskings y en los 90 por Arnold Schwarzenegger. Fue Alfred Molina quien se hizo finalmente con él gracias a “Frida”, pues fue la mezcla de humanidad y egoísmo que dio a su Diego Rivera lo que le aupó por encima de otros actores más reconocidos también valorados para el papel, como Robert De Niro, Sam Neill, o Ed Harris. Incluso después del accidente, la clave del personaje es su dualidad entre un hombre que se ha convertido en un monstruo. Molina, un actor siempre versátil, es capaz de aportarle una gran riqueza y credibilidad. También merece especial consideración que tuviera que coordinar sus movimientos con los de sus tentáculos, estudiando cómo debían afectar a su propia interpretación el peso y movimiento de sus cuatro co-estrellas, logrando verdaderamente crear la ilusión de que eran parte integral de sí mismo. Su Octopus sale plenamente victorioso de la comparación de su antecesor el Duende Verde, que acabó siendo uno de los puntos débiles del primer “Spiderman” pese al gran Norman Osborn de William Dafoe, porque sus motivaciones eran endebles y su diseño no encajaba con el resto de la película. A este respecto cabe destacar cómo el paralelismo entre el laboratorio-apartamento de Octavius y la guarida de Octopus refleja la corrupción y destino del personaje. El Octavius al que Peter admira y respeta subyace bajo la crueldad y locura de Octopus, y al desenmascararse logrará hacer emerger al hombre bajo la bestia. Al final, no es Spiderman sino Octavius quien salva la ciudad con su sacrificio.

sp2Respecto a la música, Danny Elfman reincide con la saga y con Raimi, para quien había compuesto anteriormente la banda sonora de “Darkman” y “El Ejército de las Tinieblas”. Pese a ser uno de los grandes maestros del género, su trabajo es en esta ocasión más efectista que majestuoso, y excesivamente deudor de sus propias composiciones para “Spider-man”, mereciendo apenas mención el nuevo tema compuesto para Octopus. En realidad, ni siquiera acabó el trabajo, que abandonó tras un desencuentro aún no ha aclarado con Raimi. Aunque no esté acreditado fue Christopher Young quien remató la tarea, lo que le valdría repetir ya oficialmente en la tercer película.

En conclusión, a “Spiderman 2” le puede sobrar metraje, carecer de una dirección clara y ser demasiado acomodaticia, pero también cuenta con un equipo de primerísimo nivel que es capaz de remontar todos sus defectos. Le cuesta reunir sus tramas y dar con una historia y tono uniformes, y después de tantos rodeos su mejor baza acaba siendo la acción superheroica, y aún así le basta con esa única mano para logra cerrar en su media hora final todo lo que ha de cerrar, y dejar abierto lo que ha de abrir para dejar con ganas de más. Es en definitiva tan irregular como entretenida, porque amplifica tanto los defectos como las virtudes de su predecesora. No podría ser de otra manera, al repetir premeditadamente todos sus elementos.

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Jata y Promethea

Jata y Promethea

Sara García Rodríguez, periodista, e Iñigo de Prada, abogado, son co-autores de "El viaje del Superhéroe: la historia secreta de Marvel en el cine" (Dolmen, 2012, y una continuación en camino), sobre la base de sus colaboraciones en el Cineclub Marvel y el blog TBO en el cine de las webs de Universo Marvel y Panini Comics. Han participado, juntos o por separado, en la extinta Marvelmanía, el Podcast de Spider-Man: Bajo la Máscara o la revista Dolmen, e Iñigo es Redactor Jefe de "Marvel Age". Siguen viajando con los superhéroes en Twitter (@MarvelCineComic) y Facebook (Marvel: El viaje del superhéroe).
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