Reseñas: Los Eternos: Colección los Eternos: «¿Dices que Quieres una Revolución?» (1985-1986)

Tras su regreso a Marvel en los años setenta, Jack Kirby presentó Los Eternos, una nueva colección realizada como autor completo, igual que casi toda la producción del Rey durante esta última etapa en la editorial. Los Eternos fue una obra que creó un particular universo fantástico y mitológico que parecía desarrollarse al margen de la continuidad tradicional del Universo Marvel.

Sería posteriormente Roy Thomas, durante su etapa al frente de Thor, quien integraría a los Eternos y todo su particular universo dentro de la continuidad oficial de Marvel, modificando para siempre el origen de la vida inteligente en la Tierra. Más adelante, Mark Gruenwald complicaría un poco más las cosas en una serie de relatos complementarios publicados en What If…?, donde vinculaba la llegada de los Celestiales y los Eternos con otras conocidas razas del Universo Marvel.

Llegamos así a un nuevo capítulo en la historia de este grupo de seres inmortales, a mediados de los 80, momento en que se publica la presente maxiserie de doce números. Una colección inicialmente escrita por Peter B. Gillis y dibujada por Sal Buscema. Sin embargo, el equipo creativo cambia en el tramo final de la colección: los últimos episodios pasan a estar escritos por Walt Simonson, mientras Keith Pollard y Paul Ryan sustituyen a Buscema en el apartado gráfico.

Este relevo deja la impresión de que la serie no nació como una historia concebida desde el principio para desarrollarse a lo largo de doce números, sino más bien como una colección regular con fecha de caducidad. La realidad es que Peter B. Gillis abandonó la serie antes de tiempo después de que Jim Shooter decidiera apartarlo del proyecto por su desacuerdo con el rumbo que estaba tomando la colección.

El reparto reúne a la mayor parte de los Eternos creados por KirbyIkaris, Thena, Sersi, Makkari y Kingo Sunen— junto a varias incorporaciones de nueva creación, como Phastos, Korifos y Cibeles, además de la suma del personaje conocido entonces como el Olvidado (futuro Gilgamesh). Tampoco faltan secundarios ya habituales como Margo Damian, Karkas, Ransak el Rechazado o el desviante Lord Kro.

La principal novedad implantada por Gillis llega de la mano del villano Ghaur, el nuevo líder espiritual de los desviantes. Un personaje que, además de convertirse en el principal antagonista de la historia, cuenta con un diseño especialmente inspirado por parte de Sal Buscema.

La historia arranca con la coronación de Thena como nueva gobernante de Olimpia tras la muerte de Zuras. Mientras tanto, Ikaris descubre que los desviantes parecen estar preparando algún movimiento y decide investigar qué se esconde tras sus maniobras.

Los Desviantes, establecidos en la ciudad submarina de Lemuria, bajo el suelo del Océano Pacífico, viven ahora bajo un régimen teocrático dominado por los sacerdotes, con Ghaur al frente como Sumo Sacerdote. Al mismo tiempo, Kro es elevado al trono de los Desviantes como un títere por parte de la casta sacerdotal. O al menos eso es lo que entendemos más adelante, porque la secuencia es bastante confusa y ya nos viene a anticipar que la lectura de la obra no va a destacar precisamente por su fluidez.

Ante las sospechas de un inminente ataque desviante, Ikaris comienza a reunir a los pocos Eternos que permanecen disponibles, mientras que Kro, por su parte, sospecha que Ghaur se trae algún siniestro propósito entre manos.

Una vez situadas todas las piezas en el tablero, Gillis estructura la historia desde diferentes frentes.

Por un lado, tenemos a un Ikaris especialmente rígido e inflexible liderando a los Eternos. Por otro, Ghaur y su misterioso propósito.

Pero en otro frente se sitúan Thena y Kro, los Romeo y Julieta de la historia cuya relación sentimental clandestina desemboca en la acusación a la reina eterna de traición por parte del intransigente Ikaris.

Finalmente, está Sersi, que está permanentemente de fiesta y parece ir por libre durante toda la historia. La verdad es que las escenas protagonizadas por Sersi contrastan enormemente con todas las otras cuestiones que trata la colección. Entre otras cosas, es difícil encontrar encaje o finalidad en la historia a David Chatterton, un joven suicida con quien Sersi se divierte redirigiendo su vida hacia la felicidad.

En definitiva, una serie de hilos argumentales que inicialmente pueden resultar jugosos. El problema está en el encaje de todas las piezas y en un deficiente desarrollo emocional de conjunto que a menudo te saca de la historia. Quizás Gillis tuviera preparado un buen final de saga, pero, al menos hasta dónde llega su aportación, no es capaz de lograr que el lector le acompañe en ese camino.

El mejor ejemplo de esa sensación de desconcierto probablemente lo tengamos en el episodio de la fiesta de disfraces organizada por Sersi. Se trata de un número planteado en clave humorística, que rompe el tono de la colección y queda extrañísimo en mitad del desarrollo principal. Tampoco se entiende a qué obedece la elección de los héroes invitados a la fiesta, concretamente Hércules, Namor, el Ángel y Edwin Jarvis, que parecen elegidos totalmente al azar.

Al menos, todo el misterio que rodea al fin que se trae entre manos Ghaur mantiene nuestro interés y expectación. Una trama que también pasa por una interesante escena de acción en la Pirámide de los Vientos, lugar donde se encuentra un pequeño frasco, el objeto de búsqueda por parte del Sumo Sacerdote de los desviantes.

El fondo de lo que nos viene a contar Gillis, con mayor o mejor fortuna, consiste en un juego de resentimientos, suspicacias y escepticismo en general que estrecha extraordinariamente la distancia moral entre eternos y desviantes configurada por los anteriores autores.

El propio Ikaris aparece ahora como un tipo con más sombras, prácticamente retratado como un intolerante, mientras que los desviantes muestran una cara muy distinta a la desarrollada por Jack Kirby. La especie de seres genéticamente inestables no son malvados por naturaleza, sino que son básicamente víctimas, títeres inconscientes al servicio de la maldad de los sacerdotes. Es más, muchos de los desviantes demuestran mayor sensibilidad que los eternos y los humanos, capaces incluso de crear obras de arte. Por otro lado, parece evidente que la tiranía de los sacerdotes también lleva implícita una crítica a las religiones y a su poder de manipulación de la sociedad.

La llegada de Walt Simonson en los últimos números arregla las cosas sólo a medias. Desde el primer momento da la impresión de que el nuevo guionista tiene que improvisar una salida para varios frentes abiertos por Gillis sin conocer exactamente hacia dónde pretendía conducirlos su predecesor.

No obstante, Simonson opta por simplificar la historia y llevarla hacia su terreno de acción, espectáculo y épica con el fin de poner un poco de orden.

Es entonces cuando descubrimos que el misterioso frasco contiene la esencia de un Celestial renegado, un poder que Ghaur pretende utilizar para transformarse él mismo en un nuevo Celestial. Ése pasa por ser, finalmente, el auténtico objetivo que llevaba persiguiendo desde el comienzo de la colección.

La recta final nos conduce al asalto de los Eternos sobre Lemuria y a una gran batalla contra el Ghaur-Celestial. Simonson convierte el desenlace en un auténtico festival de épica, marca de la casa, incluida la irrupción de los Vengadores y la intervención final de la Unimente. Simonson aquí hace de Simonson y eso se agradece.

Para finalizar, yo diría que la posterior adaptación cinematográfica de los Eternos dentro del UCM recuperó varias ideas y conceptos introducidos en esta colección.

Conclusión.

Estamos ante una serie que plantea ideas interesantes, pero que se acaban perdiendo en un mar de dispersión. Simonson toma el timón en la parte final para enderezar la historia a su manera y vestirla de épica.

En cualquier caso, el resultado es más bien mediocre en el apartado escrito, más allá de algunas buenas ideas planteadas. En cambio, en el apartado gráfico Sal Buscema realiza, una vez más, un excelente trabajo por el que merece la pena leer la colección.

Eso sí, esto ya poco tiene que ver con el particular universo fantástico y mitológico concebido por Jack Kirby. Esto es un cómic de superhéroes convencional que no guarda apenas diferencias con el resto de la producción de la editorial de aquellos años 80.

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rockomic

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